17 de diciembre de 2012

La olla




Antes de acostarse puso los garbanzos en agua con un poco de bicarbonato. Luego se fue a dormir pero antes añadió a la lista de la compra la col que necesitaba para el “cocido apañao” que tanto éxito tenía entre sus amistades.
A primera hora fue al mercado, hizo las compras y regresó a casa.
Escurrió los garbanzos, los lavó y añadió a la olla los ingredientes: sal, aceite, zanahoria, puerros, un poco de tocino y un trozo de pechuga de pollo.
Cerró la olla a presión y le dió la media hora que requería.
Mientras, aireó la casa, limpió, ordenó y puso la mesa con el mantel que Kike le trajo de Portugal y sacó la vajilla de su abuela.
Eligió un reserva del Gállego y lo llevó a la mesa para ser descorchado diez minutos antes de servir.
Puso música de fondo y se entretuvo regando las plantas de la terraza.
Una vez transcurrió la media hora dejó que escapara lentamente el vapor de la olla y al destaparla aspiró aquel aroma.
Solo por el olor sabía que había quedado exquisito. Se felicitó a si misma por su obra de arte y pasó todo el contenido a una cazuela de barro para guardar el calor.
Troceó la col y la lavó con esmero, la puso en la olla, cubrió con agua y volvió a cerrar la tapa.
Laminó unos dientes de ajo quitándoles el germen y los dejó en una sartén con aceite y el pimentón cerca para rehogar la col antes de llevarla a la mesa.
Mientras se hacía se duchó y arregló.

Algo pasaba.
Un contratiempo. No había manera de abrir la olla.
Ya estaba dando algún problema, pero justo hoy iba a darlos todos.
Pensó en la ley de Murphy y despotricó.
Recurrió a los trucos aprendidos y volvió a poner la olla al fuego. Se calentó un poco y volvió a intentarlo.
Nada.
Enfrió al grifo.
Tampoco.
Intentó dar golpes con el martillo de madera.
Imposible.
“Bueno-pensó-Kike la abrirá.”
A las dos en punto Kike llamaba a la puerta.
Le explicó el percance con la col dentro de la olla y fueron a la cocina.
Kike intentó todo pero lo cierto es que la olla permanecía cerrada a cal y canto. La col se había acorazado allí dentro.
Desistieron, comieron, hicieron animada sobremesa y cuando Kike se fue, bajó la olla al contenedor.
Este estaba lleno, así que dejó la olla en el alcorque del árbol y se fue.

A las dos horas se escuchó un gran revuelo en la calle a la vez que un policía llamaba a su puerta.
Abrió algo asustada.
   - Señora por favor, desaloje el edificio con la máxima brevedad posible.
Agarró una chaqueta al vuelo y corrió escaleras abajo.
Ya en la calle vio policías y artificieros desplegados en torno a su olla.
No dijo nada pero se moría de vergüenza y sólo deseaba que la maldita olla fuera explosionada, que la col volara por los aires y poder subir de nuevo a casa para llamar a Kike, gritarle hasta quedar afónica y luego morirse de risa.

6 de diciembre de 2012

Leteo






Venga el Leteo a mi vida
y llévese tu imagen,
los besos que no me diste
y esta piel que despreciaste.
Quiero flotar en sus aguas,
borrar el perfume que tu sexo dejase,
marchitar por entero este deseo,
hundirme como cobre
y extinguirme en el olvido.
No ser sol en la memoria,
beber en su orilla amapolas
dejándome dormir plácida
en brazos de la amada Nada.
Venga el Leteo,
llévese los versos que libres nos hicieron,
acabe con el frescor que revive
y ahogue en sus abrazos todo lo que dije.

-Verónica Calvo-


(Imagen: Brooke Shaden)

27 de noviembre de 2012

La Sibila y el Filósofo



¿Quién me saca de mi silencio,
de entre las ruinas que me atesoran
y de la mortaja de los tiempos?

La Sibila vio caminar entre la bruma
la gran incógnita de los tiempos.
Desfilaron ante ella esquirlas,
almas perdidas y humo de incienso.

Ante la cueva un fuego clama.
Es el Filósofo que regresa
a beber las aguas donde la paz le calman.

Y miró la luna al cielo,
y quiso besar a la Sibila,
pero ella aguardaba en el Oráculo
que el hombre de la cueva volviera a describirla.

12 de noviembre de 2012

De amores y de lealtades




La primera vez que vi la intensidad de la mirada triste de Víctor fue cuando el sutil humo de una taza de té me la mostró en aquella lluviosa tarde de invierno en Santiago.
Me conmovió hasta el infinito y apreté mis manos bajo la mesa, disimulando un escalofrío.
Víctor no me conocía mucho, pero algo se dio esa tarde entre cigarrillo y cigarrillo y me contó la siguiente historia:

Cinco años atrás Víctor tomó la decisión de ser feliz.
Eso incluía una conversación evitada desde hacía tres años con Alicia, su mujer.
Se habían casado más por rebeldía que por amor y tras siete años de matrimonio, el silencio se había instalado entre ellos y apenas compartían espacio en la casa de las afueras que miraba a la cordillera.
"Al menos tenemos buenas vistas", solía decir Víctor por aquel entonces a modo de ironía y gran verdad.
Pero lo cierto era que él era feliz en brazos de Gilda.
Ambos habían tratado de mantener la compostura, de alejarse, pero no fue posible.
Cuánto más se rechazaban más se atraían.
Así que se armó de valor y decidió poner fin a aquella vida insatisfecha y empezar una nueva junto a la mujer que amaba.
Miraba los largos y elegantes dedos de Gilda mientras se abrochaba la pulsera sentada en la cama cuando sonó el móvil.
En la pantalla apareció el nombre de Alicia.
No atendió pesé a la insistencia.
Se despidió de Gilda con un beso profundo y un gran abrazo.
Subió al coche y partió.
No había nadie cuando llegó.
La casa estaba fría, gélida, así dijo que la sintió, desangelada, como si el tiempo se hubiera parado y una densidad flotara en el aire.
Al poco sonó de nuevo el teléfono. Esta vez era su suegra.
Atendió la llamada.
Y se hizo añicos.
Alicia había tenido un accidente de circulación y estaba moribunda en un hospital. Habían llamado desde su móvil pero no atendía.
Estaba siendo operada de urgencia y apenas había esperanzas de que saliera con vida.
Víctor llamó desde la sala de espera a Gilda y todo terminó.
Alicia meses más tarde salió milagrosamente del hospital en silla de ruedas y así continua a día de hoy.
Todos comentan con admiración el gran amor de Víctor hacia Alicia pero nadie repara en que nunca sonríe.

Víctor me miró y me sacó del recuerdo. Me pidió  que terminara mi té y saliésemos a dar un paseo por la Alameda. Necesitaba ver a Gilda de lejos, como cada jueves.

No sé cómo sucedió pero acabé siendo gran amiga de Alicia al poco tiempo de conocer la historia.
Hace unas semanas me contó que la tarde del accidente regresaba contenta a su casa y que tal vez esa fue la causa de que derrapase y cayera por el puente.
Y me confió el gran secreto: iba a dejar a Víctor porque desde hacía meses había encontrado la felicidad junto a Christian.
Ahora Alicia se siente profundamente agradecida por el amor y lealtad de Víctor.
Si se acuerda de Christian no lo dijo, pero la verdad es que él desapareció aquella tarde. Nunca se puso en contacto con ella.

Y yo me quedo en el silencio de la noche acariciando las teclas de mi ordenador sintiéndome miserable por la gran historia que voy a entregar a mi editor en unos meses sin que ellos lo sepan.
Y pienso, para justificarme tal vez, que la vida es esto, una circunstancia, un aprovechar el viento a favor y no dejar pasar trenes en mitad del desierto.

15 de octubre de 2012

Aridez





Pierdo la sombra de los días,
la infinita fluidez que desborda
y ancla la memoria en esta orilla.

Lleva entre las sílabas
un velo violeta que es estela y agoniza
en el éter donde sueña a ser poesía.

Árida tierra me habita,
desazón por la palabra perdida

y réquiem por el sendero que me lleva a mi misma.

8 de octubre de 2012

Ayer te vi


Ayer te vi.
Ibas paseando tus tristezas
y llevabas un traje de nostalgia.
Tu mirada era un velo gris
de encaje de escarcha,
que se tejía en tu alma.
Desprendías fragancias del ayer
y adornabas tus pesares con donaire.

Ayer te vi, mujer,
pasear por la playa derrumbada.
Te acompañaba una negra sombra,
defunción de tu esperanza,
y tú seguías, eterna,
al sepia de tu pena entregada.

-Verónica Calvo-

(Publicado en “Poetas andaluces de ahora”)

25 de septiembre de 2012

Rayo de noche



Viniste a mí
vestido de rayo de noche.
Abrí mis brazos
y te acogí, fecundo,
libre y soñado.
Extendí mi cabellera
alfombrando aquel sendero
del bosque callado.
Adormecí el rumor
de la sangre en las venas
y me fundí
en tu eterno manantial de primavera.
Tus ojos,
que nunca más fueron tuyos,
eterno ocaso de otoño,
resplandecieron
en un fulgor de fuego,
breve,
tanto como el sol sin calor.
Y así me entregué,
fontana milagrosa,
al musical sonido
de tu esencia poderosa.

(Dans le château, 4 de marzo de 2012)

(Imagen: Elena Baca)





11 de agosto de 2012

Noche de agosto






Acéchame, noche,
penétrame con tu viento,
deja que la llama de la vela
se consuma entre las horas
que pasas sobre mis pechos.
Ábreme el deseo
y bebe mi dulce veneno.
Aspira este perfume
que se enreda entre mis piernas
y tómame sin más,
atalaya de mis sueños,
entregándome antes del alba
un poema suelto a tus desvelos.

-Verónica Calvo-

(Imagen: Philippe Berthier)

6 de agosto de 2012

Amores volátiles




Dijo ella:

   - Creí que íbamos a olvidar lo que sentimos.

   - Sí, pero yo no puedo.

Dijo él cerrando brevemente los ojos. 

Y en ese lapsus, ella, cual Campanilla, aprovechó a agitar sus alas y desapareció de su vida.


(Fue publicado con otro título en este blog el 7 de marzo de 2009)

25 de julio de 2012

La Villa, Ayamonte





Casas blancas encaladas en primavera
lucen banderolas de colada en sus azoteas.
Siempre presente el cielo despejado,
cual cúpula inmensa y perenne,
protege y desprotege la vida en la frontera.

El viento mece cabellos sueltos
escapados de los altos moños
de muchachas adormiladas
que en pijama arrastran a sus hijos
de la mano a la escuela.
Se saludan cantarinas mientras
pisan charcos de relente,
y arrebujadas en la bata,
regresan a sus casas parando antes
en la panadería donde compran
un sabroso pan portugués.

Escapa un murmullo de misterio
bajo las adoquinadas calles estrechas
donde dicen emerge bajo el pozo,
calle Galdames arriba,
un pasadizo que lleva bajo el río
a Castro Marim majestuoso,
el mismo que pintara Sorolla de fondo
cuando pescaban atunes en abundancia.

Olores de puchero, Don Diego y azahar
acompañan al solitario caminante
que no encuentra más placer en estas calles
que admirar patios llenos de geranios,
atelier de pintores y leyendas de brujas
que escapan con orgullo y aviso,
de las alzadas voces ayamontinas.

La Villa, vericuetos de subidas,
gente que saluda y sonríe
allá arriba del cabezo,
donde el viento húmedo
divisa la desembocadura del río,
mirando alegre el algarve portugués,
sin entender de contrabando ni rencillas.

(Publicado en “Poetas andaluces de ahora” el 13 de septiembre de 2011)

(Pintura del pintor ayamontino Caste, el pozo de la Villa)